María de Betania y el frasco de alabastro: cuando la adoración lo entrega todo
Algunos actos de adoración son silenciosos; otros, públicos y costosos. Algunos llegan a ser recordados para siempre.
La unción de Jesús por María de Betania es una de las escenas más conmovedoras de los Evangelios. En ella convergen amor, sacrificio, profecía y adoración. Una mujer entrega su posesión más valiosa para honrar al Salvador antes de su muerte.
Para comprender este momento debemos considerar quién era María, qué representaba su frasco de alabastro y qué nos enseña su gesto acerca de la verdadera adoración.
María de Betania a los pies de Jesús
María era hermana de Marta y Lázaro. Vivían en Betania, cerca de Jerusalén, y Jesús mantenía con ellos una relación cercana:
«Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro». — Juan 11:5
María aparece en tres momentos significativos, y en cada uno la encontramos a los pies de Cristo.
Escuchando a sus pies
Mientras Marta se afanaba sirviendo, María se sentó a escuchar a Jesús. Cuando Marta protestó, Él respondió:
«Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte». — Lucas 10:41–42
María comprendió que la adoración comienza escuchando. Antes de servir, hablar o entregar, necesitamos permanecer en la presencia de Cristo. Ella escogió la comunión antes que la actividad.
Llorando a sus pies
Cuando Lázaro murió, María fue al encuentro de Jesús, cayó a sus pies y dijo: «Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Juan 11:32).
Su fe no estaba libre de dolor ni de preguntas. Sin embargo, su sufrimiento la llevó hacia Cristo, no lejos de Él. Jesús no rechazó su quebranto: lloró con ella.
Adorando a sus pies
Seis días antes de la Pascua, María tomó un perfume de nardo puro, valorado aproximadamente en el salario de un año, y ungió los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos. La casa se llenó con la fragancia.
Judas protestó: aquel perfume podía haberse vendido y el dinero entregado a los pobres. Pero Jesús defendió a María:
«Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto». — Juan 12:7
María hizo más que expresar cariño. Honró a Jesús en vísperas de la cruz y anticipó la preparación de su cuerpo para la sepultura. Mientras otros se resistían a aceptar que Él moriría, ella lo adoró bajo la sombra del Calvario.
El significado del frasco de alabastro
Los frascos de alabastro se utilizaban para conservar perfumes y ungüentos costosos. El recipiente de María contenía nardo puro, una fragancia importada y sumamente valiosa. Posiblemente representaba su herencia, sus ahorros o su seguridad futura.
Marcos relata que la mujer rompió el frasco y derramó el perfume (Marcos 14:3). Una vez abierto, no podía recuperarse su contenido ni guardarse para después. Fue una entrega completa e irreversible.
María no ofreció a Jesús una pequeña parte. Lo derramó todo.
Juan añade que «la casa se llenó del olor del perfume» (Juan 12:3). La fragancia permaneció en el ambiente, en la ropa y sobre Jesús. La verdadera adoración también deja una huella: nace en el corazón, pero su influencia alcanza a quienes nos rodean.
Lo que María nos enseña acerca de la adoración
La adoración responde al amor
María no ungió a Jesús para comprar su favor. Lo hizo porque había recibido su amor, escuchado su Palabra, visto sus lágrimas y presenciado la resurrección de Lázaro.
La adoración no es una transacción ni un intento de convencer a Dios para que nos ame. Es nuestra respuesta al amor que ya hemos recibido:
«Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero». — 1 Juan 4:19
La adoración tiene un costo
David declaró: «No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada» (2 Samuel 24:24).
La adoración de María le costó una fortuna, su seguridad y probablemente su reputación. Algunos la llamaron desperdicio; Jesús la llamó una obra hermosa.
El mundo evalúa las cosas por su utilidad y rendimiento. La adoración las evalúa por el valor de Aquel que la recibe. María no calculó cuánto podía conservar; consideró cuánto valía Cristo.
La adoración es personal
María no esperó la aprobación de los presentes. Reconoció a su Señor y actuó. Su gesto no fue una representación para impresionar a otros, sino una expresión íntima de amor.
Podemos adorar entre miles de personas o a solas en una habitación. Lo esencial no es el escenario, sino un corazón completamente entregado a Dios.
La adoración ve lo que otros no ven
María había escuchado a Jesús. Comprendió, al menos parcialmente, que se aproximaba su muerte y lo ungió mientras todavía podía hacerlo.
Adorar no consiste solamente en cantar. Significa contemplar a Cristo, reconocer quién es y responder a esa revelación. María vio al Cordero de Dios y lo honró antes de su sacrificio.
La adoración permanece
Jesús afirmó que dondequiera que se anunciara el Evangelio también se recordaría lo que aquella mujer había hecho (Marcos 14:9).
Su adoración continúa formando parte de la historia del Evangelio. Lo que entregamos a Cristo quizá pase inadvertido para el mundo, pero nunca es olvidado por Dios.
La Segunda adoradora
En otra ocasión, estando Jesús en casa de Simón el fariseo, una mujer pecadora se acercó a él, y tocándole los pies a Jesús, lloró a sus pies y le puso perfume, luego secándole los pies con su pelo. Lucas 7:36-50 no dice el nombre de esta mujer.
El frasco como imagen de Cristo
El frasco de alabastro también dirige nuestra mirada hacia Jesús.
Así como el perfume fue derramado, Cristo entregó voluntariamente su vida. Isaías profetizó que Él «derramó su vida hasta la muerte» (Isaías 53:12). Pablo describe su sacrificio como una «ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2).
María derramó su tesoro sobre Jesús; Jesús derramó su vida por nosotros. Ella no retuvo el perfume, y Él no se reservó nada en su entrega.
Sentarse antes de servir
Muchos vivimos como Marta: ocupados, distraídos y preocupados por numerosas tareas. Servir es bueno, pero nunca puede sustituir la comunión con Cristo.
El orden en la vida de María es revelador:
- Se sentó a sus pies para escuchar.
- Cayó a sus pies para llorar.
- Ungió sus pies para adorar.
Antes de derramar el perfume, recibió su Palabra. Antes de ofrecer su tesoro, conoció su amor. La adoración nace de un corazón que primero ha sido llenado por Cristo.
¿Cuál es tu frasco de alabastro?
Todos poseemos algo a lo que nos aferramos porque nos ofrece identidad, control o seguridad. Puede ser nuestro dinero, tiempo, reputación, comodidad, futuro, relaciones o talentos.
La pregunta no es si tenemos un frasco de alabastro, sino si estamos dispuestos a colocarlo a los pies de Jesús.
La adoración verdadera puede ser costosa e incomprensible para otros. Es abrir las manos, abandonar el control y entregar a Cristo aquello que más valoramos porque reconocemos que Él vale mucho más.
Cuando el frasco se rompe, la casa se llena de fragancia.
Preguntas para reflexionar
- ¿Cuál es mi frasco de alabastro: aquello que más temo entregar?
- ¿Estoy demasiado ocupado sirviendo como para sentarme a los pies de Jesús?
- ¿Mi adoración nace del amor o del intento de ganar el favor de Dios?
- ¿Qué entrega concreta podría hacer esta semana?
- ¿Qué fragancia deja mi vida en mi hogar, iglesia y comunidad?
