El Sacrificio de los Siervos de Dios
En cada generación, Dios levanta hombres y mujeres que dedican su vida a la obra del evangelio. Pastores, evangelistas, misioneros, ministros de adoración, maestros y obreros silenciosos que, sin buscar aplausos, cargan sobre sus hombros el peso del servicio espiritual. Su labor sostiene a comunidades enteras, fortalece familias, restaura corazones y mantiene viva la luz del evangelio en un mundo que se ennegrece más cada día.
Sin embargo, con frecuencia su sacrificio es ignorado, cuestionado e incluso criticado. Muchos cuestionan los aportes a la iglesia, al liderazgo espiritual o a los proyectos misioneros, sin comprender la magnitud del llamado ni el costo personal que implica servir en la obra de Dios.
La Escritura, sin embargo, es clara: Dios honra el sacrificio de Sus siervos, y Su pueblo está llamado a sostener y participar activamente en esa obra. En Romanos 15:26–28 encontramos un ejemplo poderoso.
1. Un modelo bíblico de apoyo a los siervos de Dios
El apóstol Pablo explica que las iglesias de Macedonia y Acaya reunieron una ofrenda para los creyentes necesitados en Jerusalén. ¿Por qué lo hicieron?
Porque entendieron un principio espiritual profundo:
“Si los gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos ministrarles de los materiales.” — Romanos 15:27
Es decir:
Si recibimos alimento espiritual, sanidad del alma, guía bíblica, oración, enseñanza y cuidado pastoral…
entonces somos deudores espirituales.
Hemos recibido algo que no tiene precio.
Por eso el Señor mismo estableció que quienes predican el evangelio vivan del evangelio (1 Corintios 9:14).
Las iglesias del primer siglo lo comprendían:
no estaban “dando dinero”, estaban honrando a Dios, sosteniendo Su obra y apoyando a quienes se sacrificaban por el reino.
2. El servicio espiritual es un trabajo sagrado… y agotador
La obra de Dios no es un trabajo común:
Demanda tiempo completo.
Requiere intercesión profunda.
Expone al obrero a ataques espirituales.
Implica riesgos, presión, cansancio y renuncias.
Quita noches de descanso.
Consume energías emocionales, físicas y espirituales.
Un pastor, misionero o evangelista cargan luchas que muchos no ven:
Son asediados por oposiciones espirituales.
Enfrentan necesidades del pueblo cada día.
Llevan las cargas de otros, aun cuando ellos mismos están heridos.
Protegen el rebaño, incluso a costa de su propia paz.
No todos pueden hacer este trabajo.
Pero todos debemos apoyarlo.
3. El error de criticar la obra de Dios
En tiempos modernos, se ha vuelto común:
criticar lo que se aporta en la iglesia,
juzgar los recursos que usa un pastor,
cuestionar el sostén ministerial,
sospechar de toda obra espiritual,
mientras, paradójicamente, millones no piensan dos veces antes de gastar en entretenimiento, lujos o cosas sin valor eterno.
Las Escrituras nos enseñan que criticar el sostén de los siervos de Dios es desconocer completamente la naturaleza del ministerio y deshonrar el sacrificio de quienes trabajan para el Reino.
Quien honra la obra de Dios, honra al Dios de la obra.
Quien la desprecia, se empobrece espiritualmente.
4. Somos participantes… y por lo tanto, deudores
Pablo lo dice con una claridad hermosa:
✔ Hemos recibido bienes espirituales.
✔ Alguien dedicó su vida para que los recibiéramos.
✔ Por lo tanto, somos deudores.
Dios nos llama no solo a asistir, sino a participar.
Participamos cuando:
oramos por los siervos,
apoyamos la obra,
damos con generosidad,
servimos donde hace falta,
sostenemos brazos cansados,
sembramos en el Reino.
El que siembra para la obra de Dios, cosechará de la obra de Dios.
5. La ofrenda no es un pago. Es gratitud. Es participación. Es obediencia.
La ofrenda que Macedonia y Acaya enviaron no fue un impuesto, ni una obligación.
Fue un acto voluntario de amor, porque reconocían que habían recibido tesoros eternos.
Dios nunca pide a Su pueblo dar por presión…
sino por reconocimiento.
Cuando damos, declaramos:
“Aprecio lo que Dios ha hecho en mi vida.”
“Amo Su obra.”
“Honro a quienes Él llamó.”
“Sé que esta obra tiene valor eterno.”
Damos porque somos parte del mismo cuerpo,
de la misma misión,
del mismo Reino.
6. Dios recuerda cada sacrificio hecho para Su obra
Pablo llamó esta ofrenda “fruto” (Romanos 15:28).
Porque todo lo que se entrega para el Reino se convierte en cosecha eterna.
Dios observa:
el sacrificio de quienes predican,
y el sacrificio de quienes sostienen la predicación.
Y ambos recibirán recompensa.
Jesús estableció el principio: “No lleven doble túnica ni provisiones”
Cuando el Señor envió a los apóstoles (Mateo 10:9–10; Lucas 9:3; Lucas 10:4), les dijo:
“No llevéis oro, ni plata, ni cobre;
ni alforja para el camino,
ni dos túnicas, ni calzado extra.”
(paráfrasis armónica de los textos)
¿Por qué Jesús les dio instrucciones tan radicales?
Porque estaba mostrando un principio eterno:
Aquel que sirve al evangelio debe concentrarse en la misión,
y el pueblo de Dios debe sostener al mensajero.
Jesús NO quería que los apóstoles se distrajeran buscando recursos.
No quería que cargaran pesos adicionales.
No quería que la escasez les detuviera.
Quería que vivieran confiando en que los hijos de paz, los creyentes, las comunidades espirituales, asumirían el honor y el deber de apoyar a quienes llevan el mensaje de vida.
Si Jesús hubiera querido que cada siervo fuera autosuficiente, les habría dicho lo contrario.
Pero Él los envió ligeros, porque la iglesia debía ser su respaldo.
